2 de febrero de 2014

Ayúdate, que ¿yo te ayudaré? (Joelia Dávila)


¿Crees que todos merecemos trato digno y justo? ¿Qué tanto abusa de tí el INFONAVIT? ¿Alguna queja? ¿Estas de acuerdo con el servicio que te dan las dependencias Federales en tu país?
Lee este Interesante y Emotivo TESTIMONIO  y reflexión sobre nuestro papel como ciudadanos libres ante un ATROPELLO de quienes se supone estan para ayudar a a los ciudadanos. Gracias Joelia.



Mis padres me enseñaron muchos principios morales para la vida. Me enseñaron del respeto al prójimo, a los mayores, me enseñaron de la prudencia, de la condescendencia y corrección a los menores, de la amabilidad ante cualquier situación, incluso del perdón. A lo largo de mi vida he venido modificándolos, obviamente según mis propias experiencias y creencias, pero en esencia trato de mantenerlos y respetarlos. Hay uno, sin embargo, que me ha resultado, a últimas fechas, bastante ambiguo y que, hasta cierto punto, ha perdido su razón de ser: la responsabilidad.

Momento, no me refiero a que ahora prefiero ser irresponsable o a que la responsabilidad sea un valor inútil, en absoluto. Hablo de la practicidad de este valor en ciertos aspectos de la vida cotidiana, específicamente en los que interviene el sistema, el Estado, pues. Resulta que... 
Resulta que mis padres me enseñaron, tanto en teoría como en práctica, a ser responsable en todas y cada una de las tareas que se tuvieran que cumplir en el ámbito económico: las lecciones de mi padre sobre cómo utilizar tarjetas de crédito, cómo manejarme en los bancos, las de mi madre sobre cómo comprar, cuándo dejar de hacerlo, los ejemplos que los dos me dieron en cuanto a los trámites y pagos de casa, carro, accesorios, incluso lujos, fueron contundentes. Yo comencé mi historial crediticio a los 22 años: trabajando en mi primer empleo como arquitecta obtuve mi primera tarjeta de crédito. Mi papá se deshizo en pláticas y ejemplos para enseñarme a utilizarla. Todo me fue de maravilla durante años, de un crédito pasé a varios más y hoy, a catorce años de eso, mi historial crediticio está impecable.
O estaba…
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Uno de mis mayores créditos es, como el de muchos, el Infonavit. Desde hace casi cinco años pago una casa con una cuota mensual de residencial privado, mientras vivo en una casa pequeña de fraccionamiento abierto que ni siquiera ha sido (ni será) municipalizado porque la empresa constructora se fue de la ciudad sin realizar ningún trámite para municipalizar los servicios. La infraestructura urbana nunca fue recibida por las instituciones y, obviamente, no fue revisada y corregida antes de que el ayuntamiento y el estado comenzaran a hacerse cargo de ella, cada mes se rompe una válvula o alguna toma de cualquier vecino. Pero bueno, ese es otro tema. Lo que ahora importa es: Mientras muestres disposición para pagar, te joden.

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Comenzando por la conclusión, sucede que en esa institución federal, mientras seas un derechohabiente al que se le descuente vía nómina su mensualidad, no pasa nada, ni para bien ni para mal, vives en tu casa, la pagas y punto. El problema viene cuando te quedas desempleado. ¿Qué pasa entonces? El Infonavit expone una cantidad de garantías que como derechohabientes tenemos al quedar desempleados, como las prórrogas, los fondos de protección de pagos, etc. Estos beneficios se otorgan cuando el Infonavit deja de percibir los pagos tanto de tu patrón como de tu propio sueldo. Pero ¿y qué pasa cuando decides seguir pagando porque, como yo, eres una persona que ante todo cumple con sus compromisos y deudas hasta donde puede y mientras puede? Te joden. Punto.
 En este país, los ciudadanos responsables ante el sistema no tenemos garantías. Punto.

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Sucedió de esta manera: Durante un año y medio seguí pagando mis mensualidades, pues tenía trabajo sin seguro social pero de cierta manera estable, por lo que, siguiendo las nobles enseñanzas de mis padres, yo cumplí hasta el último momento. Por supuesto que en algún momento solicité una reducción de mi mensualidad y, he de aceptarlo, esa solicitud sí me fue aceptada. Así que medio año pagué la mensualidad completa y un año la mensualidad reducida (que de hecho era aproximadamente un 60% de la cuota original). Antes de llegar al último mes de la reestructuración, me acerqué a Infonavit para solicitar una nueva reducción pero mayor, pues entonces sí me había quedado sin trabajo ni por subcontratos. ¿Cuál fue la respuesta? “Tienes un crédito, tu responsabilidad es pagarlo”, “si lo has podido pagar durante un año y medio es porque puedes”, “al momento de quedar desempleada debiste dejar de pagar para que se te activaran los beneficios, pero al pagar por tu cuenta los cancelaste”, en pocas palabras “tu responsabilidad acabó con tus garantías y tus derechos”.
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Por más que acudí, pedí, pregunté, investigué y llamé  tanto a las oficinas de Infonavit en esta ciudad como al infonatel, las respuestas eran las mismas, en resumen, que al haber pagado voluntariamente cancelé mis garantías y mi derecho a las prórrogas. Al explicar mi situación, la única opción que me brindaban era que dejara de pagar un mes para que el sistema arrojara mi estado moroso junto con propuestas para pago. Con gran preocupación así lo hice y, aún no terminaba la primera semana del primer mes que no pagué, yo ya estaba en las oficinas de Infonavit de nuevo preguntando si ya me aparecían opciones para convenir mis pagos. Nada. De nuevo las mismas opciones, “deje de pagar para que aparezcan propuestas”. Pasaron tres meses y nada. Al cuarto mes al fin me aparecieron las propuestas, prórroga parcial, total o fondo de protección de pagos. Yo, feliz, acudí al despacho al que me citaron para solicitar el fondo y pagar una cantidad mínima durante seis meses (de los cuales ya habían corrido tres), pues me desahogaba un poquito mientras conseguía un ingreso más. El sistema, definitivamente no estaba de mi lado, esa mañana se bloqueó mi información y, por más que la señorita intentó ingresar mis datos, apareció que cancelé las opciones… ¡Pero por Dios! Era lo que estaba esperando, ¡era lo que después de casi cuatro meses al fin me había llegado! Y se canceló. De nuevo a esperar un mes más.

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El siguiente mes, ya el quinto, al acudir a Infonavit de nuevo, el escenario fue más terrorífico: Como cancelé mis opciones el mes anterior y como ya llevaba cuatro mensualidades vencidas, no tenía más opciones que pagar o pagar. Ah, bueno, que esperara a que me llamara otro despacho para ver si me aparecían, de casualidad, otras propuestas. Y, como dato extra, no era factible que bajaran la cuota de las mensualidades pues mi contrato fue hecho en VSMD, no en factor porcentaje. Pregunté por las garantías individuales, aquellas que hablan de que sólo se puede descontar un 35% del sueldo a un acreditado. Nada era válido, así ganara cinco pesos, el Infonavit, al detectar mi alta en el seguro, descontaría los miles de pesos que decía mi contrato. No había opciones. Nada.
Esperé tres semanas y al fin llegó el citatorio, acudí al despacho y la información fue más desalentadora, ¡más todavía! O pagaba el adeudo completo o al menos una mensualidad o me demandarían y me llevarían a juicio por ser una derechohabiente morosa… irresponsable. No lloré porque alcancé a respirar hondo antes de soltar las lagrimotas de impotencia y coraje. ¿Irresponsable? Yo, que había pagado durante un año y medio de manera voluntaria, que me había acercado infinidad de veces a solicitar un convenio para reducir mis mensualidades y no dejar de pagar y no arriesgar mi patrimonio, yo era irresponsable. Por ser responsable era irresponsable y, lo peor, había perdido mis derechos.

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Asustada acudí a Defensoría de Oficio en donde la única ayuda que me proporcionaron fue una asesoría de miedo, en donde me indicaban que efectivamente el Infonavit tenía la sartén por el mango y podía demandarme en el momento en que quisiera hacerlo, que ellos no podían defenderme, que mi error fue haber dejado de pagar y que incluso el Infonavit podía obligarme a seguir la demanda en México, bajo mi propio costo, incluido el proceso legal. Casi muero infartada. 
Busqué asesoría legal en un despacho privado y me explicaron, en pocas palabras, que el Infonavit cree convenientemente, al haber percibido mis pagos voluntarios durante tanto tiempo, que tengo la suficiente solvencia económica para seguirlo haciendo y que, por lo tanto, mis derechos pierden valor o, de plano, desaparecen. Que por más que yo me acerque con mis cinco pesos a querer pagar, porque eso es lo que puedo pagar, ellos no lo aceptarán. Que es preferible dejar de pagar desde el primer momento del despido para que los beneficios surjan solitos, como surgen en apoyo a los desempleados que desde el primer momento se asumen como tal.
Y ese fue mi error. A pesar de haber sufrido el despido de la empresa en la que trabajaba, jamás me consideré desempleada, jamás me asumí como tal y, por lo tanto, en esos momentos no quise utilizar mis garantías. En otras palabras, pensé ilusamente, estúpidamente, que responsabilizándome de mis deudas mientras pudiera y sintiéndome afortunada porque, aún desempleada formal, contaba con trabajo, al momento de no contar con la misma solvencia obviamente seguiría teniendo los mismos derechos, garantías y beneficios, incluso más por haber sido una acreditada responsable que pagó en tiempo y forma mientras le fue posible.
Pero no.
En este país te jodes o te joden.

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En este país, el sistema paternalista alimenta la idea de que hay que estar jodido para recibir ayuda y, por ende, de que chingarse para cumplir lo más posible es sinónimo de riqueza y, por lo tanto, no necesitas ayuda.
En este país, hay que hacerse el jodido para recibir migajas, porque si luchas por lo que quieres pierdes todo el derecho a defender eso mismo por lo que estás luchando.
Así funciona este sistema, alimentar la mediocridad es parte del plan, supongo, para seguir aletargando a la gente. No es culpa de unos cuantos, es culpa de todos. Es una de las tantas razones por las que este país no se termina de desarrollar y dejar de ser tercermundista o subdesarrollado, porque la primicia aquí es pedir ayuda estando jodido, o brindar ayuda a los jodidos, o negar ayuda a los que se chingan en el intento de pedir ayuda sólo en el último de los casos. Si te esperas a pedir ayuda al final, cuando ya luchaste y luchaste por evitarlo, cuando la pides ya no la obtienes, ya no hay nada. Declárate jodido desde el principio y te lloverán los apoyos.

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Y no es nada en contra de las comunidades realmente necesitadas, de aquellos que se encuentran en real situación de pobreza y que una ayuda del gobierno es la única solución a su problema de hambre, marginación o injusticia. No es el problema contra los jodidos, sino contra el sistema que se encarga de agrandar su número. De incluirnos en su número. A todos.
Aquí cambia el dicho que dicen que Dios dice: “ayúdate, que yo te ayudaré”. En México el Estado dice “jódete, que así te ayudaré”.
La responsabilidad como principio moral y ético, es una virtud y guía para la vida. La responsabilidad como actividad práctica en este país paternalista, es una piedra en el zapato del avance. Perdón, debo corregir: El sistema paternalista de este país es, de hecho, una gran roca en el zapato de cada uno de nosotros para desarrollar la virtud de la responsabilidad.
Mientras un slogan del Infonavit dice “¡Acérquese a nosotros porque siempre que haya voluntad de pago, habrá acuerdos!”, la realidad dice otra cosa. Una muy distinta.

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Joélia Dávila es Escritora Mexicalense.

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